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TIERRA

Levo unos días poco productiva, así que os voy a contar un cuento. Es uno que escribí cuando era una cria, o aún más cria que ahora... En su día me dijeron que decía en él más cosas de las que era consciente, pero ahora, leyéndolo de nuevo, me doy cuenta de que digo muchas menos de las que entonces quería contar...
de todos modos espero que os guste. Se llama tierra.

Y ahora ya sólo era tierra otra vez. En una ocasión, en el principio de los tiempos, había sido barro, dicen. Barro que con el soplo divino se convirtió en un hombre perfecto, a imagen de Dio. Un hombre cruel. Y después de muchas vueltas, de tierra a vida, de vida a tierra, una y otra vez en una cadena de dolo r y muerte, había llegado a ser una niña. Una niña llamada Tierra. Era una chiquilla con precioso pelo castaño rizado y ojos verdes. Una niña buena, que se preocupaba por los demás, que había matado a su padre y que ahora era otra vez tierra. Una vez más el ciclo estaba cerrado. ¡Para qué variar!
Tierra nació en una pequeña casa de pueblo. Una aldea diminuta en el Pirineo. Solamente vivían en ella media docena de familias, que quizá hubieran podido jugar a ser felices, ¡quién sabe! Si Tierra no hubiera estado ahí. Ella era la más joven del pueblo, pero en cierto modo también era la madre de todos, porque ella una vez fue Adán y de ella habían surgido todos los demás. De alguna manera ella era su propia madre. Y la madre de sus padres. Pero eso seguramente nadie lo sabía. En realidad ni siquiera ella era consciente.
Su padre (o su hijo), yacía tendido en el suelo, sobre una charquita de sangre viscosa y roja. Con una daga de plata clavada en el pecho. Sus ojos negros e ignorantes estaban abiertos tras los cristales de unas gafas de marca, clavados en el techo sin entender nada. Porque desde luego que en aquel lugar nadie había entendido nada. Ni siquiera Tierra. Una mirada enloquecida en un pueblo que había enloquecido, lentamente con el paso de los años, de los siglos, y todo tenía que cambiar. Había llegado el momento.
Desde que Tierra nació, lo único que habían aprendido las gentes de aquel pueblo era que Tierra era una niña muy especial, y que, desde luego, eso había que aprovecharlo. Empezaron por cortarle las alas. Porque aquellas eran unas alas preciosas, con posibilidades de uso infinitas. Con ella tejieron la ropa para todo el pueblo, las colchas, las cortinas… Lo único que querían era agotar el único tesoro que les había dado Dios. Dios nos da poco, pero nosotros lo malgastamos. Sin embargo, a Tierra no le había importado. De todos modos, había servido para abrigar al pueblo. Más tarde se apoderaron de su pelo y sus dientes, con ellos fabricaron collares y abalorios. Todos querían joyas de Tierra.
Algunos quisieron aprender de ella. Quizá para buscar el modo de “construir” nuevas tierras. ¿Quién sabe? Le quitaron un ojo, trozos de piel, vello… para estudiarlo, decían. En realidad, ¿quién sabe el porqué? Creyéndose tan listos como para poder hacer otra niña así. Pero no consiguieron nada. Con el tiempo aquella niña empezó a crecer. Entonces, cuando le salieron los pechos y le vino la primera regla se les ocurrió algo mejor. Y todos los hombres del pueblo la violaron. Al principio decían que lo que buscaban era únicamente otra Tierra que explotar. Pero después ya no podían ocultar el gozo que sentían al violarla. Los ojos se les salían de las órbitas y los gemidos de placer se oían desde kilómetros a la redonda. Y aquella niña calva, tuerta, desdentada y sobre todo triste, nunca se había quejado. Nunca le importó nada. Ella creía lo que le decían. Pensaba que realmente aquello hacía bien al pueblo. A un pueblo que desde que estaba ella se había vuelto egoísta, avaricioso. En él ya no había más que ansia de poder.
Eso mismo fue lo que pensó ella al levantarse aquella mañana. Y mató a aquellos que la querían matar. Alguien en sueños le había dicho que ella era la esencia de todo. Y que las esencias no pueden agotarse. Por lo menos no deben. Aquella mañana Tierra se levantó con una idea en la cabeza. Una única idea. Ese pueblo debía morir. Un pueblo así no valía la pena. Y ella tenía que sobrevivir. Por eso, cuando su padre se le acercó al alba, ¿quién sabe para qué?, ella le clavó en el pecho la daga de plata que había llevado al cuello desde que nació. Una daga que había ido creciendo con cada injusticia. Con cada humillación. Y ahora era enorme. Después de su padre fueron todos los demás. Fue fácil. Confiaban el ella. Eran tan estúpidos como para confiar en ella.
Cuando Dios llegó, lo único que encontró fue un pueblo lleno de cadáveres. Unos estaban colgados, otros habían sido golpeados por una fuerza sobrehumana, algunos parecían haber sido atacados por animales salvajes. Después de ver esto, Dios sonrió. Entonces vio a Tierra sentada en la plaza llorando desesperada. Desnuda y llena de barro llamaba a sus padres. Dios se arrepintió primero de haber creado la perfección. Después, simplemente se arrepintió de haber creado. Y deshizo todo. Y todo volvió a ser barro. Y todo era tierra otra vez.
23/05/2005 21:45 Enlace permanente.

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