Duele el aire



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CORRER

CORRER.jpgCorrer llorando con todas tus fuerzas y las bombas detrás. Correr embarazada. Correr por caminos enfangados en los que se te hunden los pies. Correr... correr... correr lloviendo. Así corrió ella.
Embarazada sin saberlo. Cada zancada que daba se hundía más y más en el fango, en la miseria. Escasos cincuenta kilos que hacían presión firme sobre el suelo del mundo, que se estaba viniendo abajo. Porque el mundo, en aquellos tiempos se estaba viniendo abajo.
En ese momento no había nadie en el mundo más fuerte que ella, con la mochila sobre los hombros y la ametralladora en mano, a la espera de cualquier animal, racional o no, que pudiera acecharla tras los matorrales. Las piernas llenas de sangre y desgarrones. Y correr. Correr para llegar a casa, si es que a ese lugar sin calor podía llamársele casa.
Nadie más débil. Mal nutrida, viviendo casi en soledad, embarazada y acechada. Y fue entonces cuando lo escuchó. Un ruido delante de ella. Y vio un matorral moverse y... y para cuando apuntó con la ametralladora ya algo la había cogido por detrás. Le arrancaron el arma. La ataron, le sacaron la mochila y le quitaron su comida. El motivo de tantas horas corriendo. Casi no podía ver a causa del barro que se había metido en sus ojos cuando la arrastraron de los pelos por ese suelo que se hundía. Casi no podía ver pero sabía que eran de los suyos. Y eso era lo peor. Pero en fin, ya supondrás que nunca puedes saber quienes son los buenos y quienes los malos.
Un golpe la durmió. Horas o quizá días.
Despertó y sentía manos. Muchas manos que llenaban aun más su cuerpo de lodo. Pero sus pies atados le impedían correr. Ya no había bombas. Todo estaba casi en silencio, menos las risas. Risas espantosas que retumbaban por todo. Muchas risas.
Y qué miedo. Qué miedo tenía. Manos, manos, manos por todas partes, que la tocaban y le apretaban y le arrancaban la ropa. Manos intentando acariciarla que lo único que conseguían era darle nauseas.
Entonces lo vio. No podía ser otro. Lo hubiera reconocido después de mil años. En cualquier momento, en cualquier lugar. Un hombre de unos treinta años, alto, moreno, pelo liso. Tenía la cara empapada en sudor, los ojos ensangrentados, la sonrisa escabrosa en la cara arañada y sucia... pero seguía siendo él. La espalda estrecha y la mirada negra lo delataban. Seguía siendo él. Entonces ella lloró.
05/05/2005 23:38

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Fecha: 06/05/2005 16:57.


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